El hombre siniestro

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24. La prueba del veneno

—¿Sigue usted pensando en marcharse el sábado, miss Marlowe? —preguntó Paul Amery.

—Sí, mayor Amery —respondió la muchacha.

—Le será muy difícil encontrar empleo. ¿No podría usted vencer su repugnancia y seguir trabajando para mí durante otra semana todavía?

La muchacha dudó un instante, y luego dijo :

—Temo que no, mayor Amery. ¿Por qué no nombra secretaria a miss Dame?

—¡Oh, ella no serviría! —repuso el mayor brevemente.

A las cuatro y media, la mujer que cuidaba del piso trajo, como de costumbre, dos bandejas con sendos servicios de té, dejando una de ellas sobre la mesa del mayor Amery. Éste destapó la tetera y olió el contenido, cosa que Elsa había observado que él hacía siempre. La muchacha sonrió, y su jefe comentó:

—¿La divierte esto, miss Marlowe? Pues verá, le voy a enseñar algo que la divertirá más aún.

Se sacó de un bolsillo una pequeña caja, la abrió y extrajo de ella una tira de papel azul, que mojó en la leche. Cuando lo retiró, el papel se había vuelto de color rojo.

—Espere usted aún —añadió.

Vertió té en la taza, y esta vez extrajo de la cajita una tira de papel de color de rosa.


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