El hombre siniestro

El hombre siniestro

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La muchacha pudo observar que en la cajita había muchas tiras de papel azul y rosa. El mayor Amery hundió la tira de papel rosa en el té, la mantuvo allí unos segundos, y luego la sacó. Ahora el papel se había vuelto de un brillante color amarillo limón.

—Es un procedimiento sencillo, pero digno de toda confianza —explicó a la asombrada muchacha—. El arsénico vuelve verde el papel empapado de leche, y el papel empapado de té se vuelve rojo. La estricnina los vuelve negros a los dos, como el acónito. El cianuro, en cambio, blanquea el papel azul, y al rosa lo vuelve completamente rojo.

—¿Cómo, mayor Amery? ¿Está usted probando venenos?

—Algo por el estilo —respondió Amery sonriendo. Se guardó la cajita, y se puso leche y azúcar en el té—. A propósito: es un signo de locura que un hombre crea que puede envenenarse a cada momento, o que piense que hay gente que pretende envenenarle.

—Pero… ¿envenenarle a usted aquí? —preguntó la muchacha en tono escéptico.

—¿Y por qué no, amiga mía? Yo tengo muchos enemigos, y uno de ellos, al menos, es médico.

En otra época la alusión a Ralph Hallam la habría horrorizado; pero ahora ya iba conociendo tanto a la gente que guardó silencio.


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