El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Mirando a Amery, pensaba si aquel hombre no sería, más bien, un loco, más digno de compasión que de desprecio. Se alegraba, de todos modos, de que finalizara pronto su compromiso con el mayor. Sentía necesidad de marcharse para siempre de aquella casa.

Poco después del té, llegaron unas cartas y un paquete. El mayor Amery había salido, y Elsa lo puso todo sobre la mesa. El paquete lo habían traído a mano, y llevaba la siguiente inscripción:

«MAYOR AMERY. D. S. O.».

Esto le hizo recordar que su jefe pertenecía a un cuerpo del Estado, el Distinguished Service Order.

De un modo inconsciente, Elsa cogió unas tijeras y empezó a cortar el cordel del paquete cuando el mayor entró de nuevo, y al ver lo que hacía dijo con furia:

—¿Qué diablos está usted haciendo? ¿Cuántas veces le he dicho que no deshaga usted mis paquetes?

Y lo arrebató de las manos de su secretaria con gran rudeza.

—¡Oh, perdón! —exclamó Elsa, muy turbada—. Lo hacía para ayudarle.

—Bien, no olvide mis órdenes.

Colocó la caja sobre la mesa y la destapó.

Entonces pudieron ver una especie de manzana diminuta, envuelta en algodón en rama. Pero la piel de la manzana relucía, como si en su interior aquella extraña fruta encerrara mil agujas de acero.


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