El hombre siniestro

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25. Láudano

—Muy ingenioso —repitió Amery—. No pesa tanto como una bomba, y expone al que lo recibe al peligro de envenenamiento. Por eso, habrá usted observado que he abierto la caja con las tijeras.

—Pero ¿está envenenada? —preguntó Elsa.

—Seguramente. Piense usted que una cobra tiene veneno suficiente para matar a un regimiento.

Volvió a tapar la caja con las tijeras, y luego la guardó en un cajón, cerrándolo con llave.

—¿Sospecha que haya podido ser el doctor Hallam el que me ha enviado esto? —preguntó luego Amery.

—¿El doctor Hallam? —preguntó a su vez la muchacha—, ¡No! Pero… mayor Amery, dígame esto: ¿es usted Soyoka?

—¿Yo, Soyoka? ¿Me parezco, acaso, a un japonés fornido y de mediana edad?

—Ya lo sé que no —respondió ella, con impaciencia—. Pero sospecho que usted es un agente de Soyoka.

—Ya sé que hay mucha gente que lo sospecha también. No creo que haya sido el doctor Hallam. Y si ha sido él… Yo no apruebo el uso de venenos ni de drogas. Pero si ha sido él…

La muchacha se estremeció, al ver la sonrisa que apareció unos instantes en los labios del mayor.


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