El hombre siniestro
El hombre siniestro Luego, Amery le echó un largo discurso sobre las drogas, pero a Elsa las palabras de aquel hombre le sonaban siempre a falso. En el fondo, comprendía que estaba procurando convencerla para que no se marchara de la empresa.
Tampoco esa noche se decidió Elsa a ir a casa de Louise. Se lo dijo por teléfono. Y por el tono de voz de la otra, comprendió que también a Louise le era violento el recibirla ahora en su casa.
Miss Marlowe durmió mejor esa noche, y se encontraba más serena y despejada cuando fue a la oficina al día siguiente.
Apenas llevaba cinco minutos sentada ante la máquina de escribir, cuando entró en el despacho miss Dame, muy alterada.
—¿No sabe usted la noticia, amiga mía? —dijo con su eterno tono melodramático—. ¡Es horrible, horrible! ¿A quién dirá usted que han nombrado administrador?
Uno de los subjefes de la empresa había sido ascendido, provisionalmente, al puesto de mister Tarn.
—¡Sabe Dios! —exclamó Elsa en tono indiferente.
—¡No puede usted imaginárselo! —siguió diciendo la otra—. Allí le tiene usted, sentado ante su mesa, dando órdenes a todos los cristianos, como un César.