El hombre siniestro
El hombre siniestro —¿No será Feng Ho? —preguntó Elsa divertida.
—¡Pues Feng Ho es, amiga mÃa! —dijo la otra, escandalizada—. ¿Qué me dice usted? ¿Cree usted que, puede consentirse? ¡Un chino, un salvaje… dándonos órdenes a nosotras! ¡Ah, no! Yo conozco a esa gente con sus casas de opio y sus fan-tan y otros juegos y cosas horribles. ¡Cualquier dÃa…! ¡Ah, no! Le diré al mayor Amery que no lo consentimos.
—¡DÃgaselo usted ahora! —exclamó en este momento la voz del propio Amery, que estaba en la puerta con las manos en los bolsillos.
Las dos muchachas volvieron la cabeza, conteniendo un respingo, mientras el mayor continuaba:
—Siento no haberla llamado a usted a la junta en que nombramos administrador a Feng; pero, la verdad, a mà me gusta tomar yo solo estas decisiones en la empresa. ¿Qué tiene usted que objetar de Feng Ho, miss Dame?
—¡Oh, mister Amery! —respondió miss Dame, lÃvida de rabia y muy turbada—, ¡Comprenda usted que un chino… un extranjero…!
—¿Y eso qué importa? Feng Ho es un muchacho muy bien educado y muy culto. Al menos sabe ortografÃa…
Elsa comprendió la alusión a miss Dame, y pensó que el mayor era cruel, además.