El hombre siniestro

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Al decir esto, el mayor Amery ofreció su pitillera abierta al inspector, que cogió un cigarrillo. Luego contestó:

—Pues yo, no. He visto a miembros de su banda, pero a Soyoka no le he visto nunca. Los gangsters de Soyoka abundan en Londres. Es una banda muy bien organizada, que se le escapa a uno de las manos. En cambio, a la otra banda, la de los aficionados, les tenemos controlados poco más o menos, quiero decir, tenemos una pista. Hay dos o tres señores en Londres que han recibido también advertencias como la de Tupperwill para que no hablen demasiado.

—¿Dice usted que ha visto a algunos miembros de la banda de Soyoka? —preguntó Amery con amabilidad—. Cuénteme. Eso me interesa. ¿Qué clase de gente eran?

—¡Oh…! ¡Eran hombres como usted y como yo! Quiero decir, vulgares, gente del montón, burgueses de los que uno jamás podría sospechar. Pero piense usted: en Inglaterra, mejor dicho, en Londres sobre todo, se gastan treinta mil libras semanales en drogas… o sea más de un millón y medio al año. En ese negocio hay un ochenta por ciento de beneficio, y está en muy pocas manos. ¿Comprende usted?

El mayor asintió, y Bickerson prosiguió:


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