El hombre siniestro
El hombre siniestro —¡Hum…! También me resulta extraño que el suceso ocurriera ante la puerta misma de su casa, mayor.
—¡Oh, tan extraño como si hubiera ocurrido ante la puerta de la de otra persona, mister Bickerson!
Hubo un breve silencio. El detective reflexionaba seguramente, y al fin dijo:
—Hay entablada una lucha entre dos bandas que operan en Londres, dos bandas de traficantes de drogas, una de una especie de aficionados y la otra, la banda de Soyoka. Y tengo razones para pensar que Tupperwill ha ofendido a una de esas dos bandas.
—Yo también lo creo —repuso Amery.
—¿Y sabe usted cómo? —preguntó el detective vivamente.
—¡Oh, yo sólo sé lo que él me contó: que habÃa recibido un anónimo en el que le decÃan que hablaba demasiado! Pero a mà no me pareció una razón suficiente para que intentaran matarle, porque si a eso fuéramos, nadie podrÃa vivir.
En el silencio que siguió, Amery estuvo mirando hacia la calle, sin dejar de fumar. De pronto, el detective le preguntó:
—DÃgame, mister Amery, usted que ha viajado tanto por Oriente, ¿no se ha encontrado alguna vez a Soyoka?
—SÃ. ¿Y usted?