El hombre siniestro

El hombre siniestro

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—Oh, mayor Amery, muchas gracias. He traído el mandamiento por pura fórmula. Dígame, ¿qué le ocurrió a mister Tupperwill la otra noche?

—¡Oh, ya veo que está usted enterado! ¿Quién ha hecho la denuncia? ¿El propio mister Tupperwill?

—No, nadie ha presentado ninguna denuncia —opuso el detective—. La iniciativa de esto ha sido mía.

Amery sonrió, insistiendo:

—Vamos, dígame la verdad: ¿quién ha sido, el banquero o el doctor Hallam?

—¿Conoce usted al doctor Hallam? —preguntó el detective mirando al otro fijamente.

—Sí, me lo presentaron. Somos amigos.

—Es muy extraño eso que le ha ocurrido a mister Tupperwill —dijo ahora el inspector lentamente—, y más extraño aún que usted no avisara en seguida a la policía.

—¿Se refiere usted a la herida del banquero? ¡Bah, eso no tiene importancia! Esas cosas ocurren todos los días.

—Pero en Londres no, mayor Amery. En Calcuta o en Shanghai, puede que sí; pero en Regent Street o en Piccadilly Circus no.

—Ya le comprendo —repuso el mayor encendiendo un cigarrillo—. Después de todo. Tupperwill era el que debía avisar a la policía, ya que él era la víctima.


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