El hombre siniestro

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Pero el detective no se contentó con esto, o quería permanecer allí con Dios sabe qué motivos, porque dijo, sin dejar de examinar la habitación:

—¡Es muy bonito el despacho dónde trabaja usted, miss Marlowe, muy bonito! Oiga: ¿sería usted tan amable de bajar un momento para decir a mi ayudante que estoy esperando al mayor Amery? Está en la puerta.

Elsa le miró fijamente, contestando con una leve sonrisa:

—Sí, seré tan amable… a condición que usted salga de este despacho y me deje cerrar con llave.

—¡Ah, picara! —sonrió el detective— ¿sospecha que iba a hacer un registro sin traer un mandamiento judicial? ¡Pues mire el mandamiento!

Y extrajo de su cartera un papel azul, extendiéndolo a miss Marlowe.

—¿Ve? Hubiera preferido hacer esto sin que el mayor Amery ni nadie se enterara; pero si quiere usted que esperemos a que vuelva mister Amery, no tengo inconveniente.

Esperaron, en efecto, y a los diez minutos se abrió la puerta del despacho del mayor. Elsa entró y le contó lo que ocurría.

—¿Cómo? ¿Un mandamiento judicial para hacer un registro aquí? Está bien. Pase, pase, amigo Bickerson. ¿Quiere usted hacer un registro, me dice miss Marlowe? Bien, ya puede usted empezar.


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