El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Elsa no quiso salir de la oficina al mediodía, para librarse de la nube de fotógrafos que la acechaban, y comió allí mismo. Desgraciadamente, se presentó de nuevo el detective inspector Bickerson para preguntarle por centésima vez detalles y cosas referentes a mister Tarn: sus parientes, sus amigos, sus aficiones, la clase de vida que llevaba, las casas que visitaba, los clubs a que pertenecía…

—¡Por Dios, mister Bickerson! —protestó la muchacha, con fatiga—. ¿Lo tengo que contar otra vez? ¿Cuántas veces lo he hecho ya? ¿O es que quiere usted pillarme en contradicciones?

Este último pensamiento se le había ocurrido de repente.

El detective sonrió, contestando:

—Los testigos recuerdan las cosas recientes. Es natural que le preguntemos a usted. Usted estaba en la casa cuando se cometió el crimen. Siempre hacemos esto.

—¿Lo han hecho también con Feng Ho?

—También, también, hasta cierto punto. Claro está que ese diablo de chino ha sabido probar su inocencia de tal modo… Dígame, ¿está el mayor Amery?

—No, no está. Ha salido. ¿Quería usted verle?

—No es que tenga gran interés. Pero si estuviera, pasaría a saludarle. Mire a ver.

Elsa entró en el despacho de su jefe. y. como ella suponía, el mayor no estaba.


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