El hombre siniestro
El hombre siniestro Él se la quedó mirando fijamente y le preguntó:
—¿Por qué lo dice usted?
—Porque usted estaba allÃ, cerca de nuestra casa, la noche del crimen. Y Feng Ho, una vez cometido el crimen, lo primero que harÃa serÃa ir a buscarle a usted. Naturalmente, usted también le vio salir.
—Claro que le vi —dijo el mayor con extraño énfasis—. Y. sin embargo, aunque parezca increÃble, la policÃa no ha relacionado todavÃa mi visita a la casa de ustedes con Feng Ho. DeberÃa ir a Scotland Yard, amiga mÃa. A propósito, ¿tal vez tiene usted dolor de muelas?
Ella le miró extrañada, creyendo que se habÃa vuelto loco, y respondió:
—¿Dolor de muelas? ¿Yo? ¡No! ¿Por qué?
—¡No, por nada! Pensé que padecÃa usted de muelas, como les ocurre a muchos jóvenes. Si alguna vez le duelen, le advierto que tengo una medicina mucho mejor que el láudano, que resulta una substancia muy peligrosa.
Y la miró con el ceño levemente fruncido.
—No acabo de entender lo que me está diciendo, mayor Amery —repuso la muchacha—, ni sé nada del láudano, ni lo he visto nunca. ¿Qué quiere usted decirme?
Pero él sonrió, contestando: