El hombre siniestro

El hombre siniestro

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27. La marcha de Elsa

Cuando, el sábado por la tarde, Elsa recibió como de costumbre el sobre que contenía su paga semanal, lo abrió con un complejo sentimiento de consuelo y tristeza. En los últimos días, «el hombre siniestro» le había resultado algo más soportable.

Comprobó que el sobre contenía algunos billetes más que de ordinario por las horas extraordinarias, y esto la contrarió, sin poder encontrar el motivo.

A la una, hora en que cesaba el trabajo los sábados, la muchacha se levantó, arregló su mesa, sacó de los cajones las cosas que le pertenecían, y luego, conteniendo un leve suspiro al pensar que estaba sin empleo (aunque el abogado de mister Tarn le había dicho que podía disponer de una buena suma de dinero), se dirigió al despacho del mayor Amery.

El mayor Amery se paseaba despacio por la habitación, y al ver entrar a Elsa, levantó vivamente la cabeza, preguntando:

—¿Qué hay?

—Que me marcho —respondió Elsa.

—¡Claro! ¡Es sábado y es la una! Muchas gracias, miss Marlowe. Mañana arreglaré la correspondencia de Nangpoo. Y el lunes haga el favor de recordarme que cuando venga el correo de Oriente…

Elsa sonrió, respondiendo:


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