El hombre siniestro

El hombre siniestro

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—¡Mayor Amery, yo no estaré aquí el lunes para recordarle a usted nada!

—¿Cómo? —preguntó él en el colmo del asombro—. ¿Por qué no estará usted aquí?

—Porque me marcho…, me despido, como usted sabe.

—¡Ah, claro, es verdad!

¡Amery lo había olvidado!

—¿Cuándo es la vista de la causa? —preguntó luego.

—Precisamente el lunes.

Él pareció reflexionar y luego dijo:

—En ese caso, debe usted aplazar su despido hasta el sábado próximo.

Elsa estuvo a punto de dar las gracias, pero se contuvo, por fortuna.

—Es que yo ya había pensado marcharme hoy.

—Y yo pienso que será mejor que se marche el sábado que viene —insistió él—. No puede dejarme a merced de una muchacha que escribe India con y. ¡Muchas gracias, miss Marlowe!

Y la despidió con un saludo más amable y expresivo que de costumbre.

Elsa volvió a su despacho, colocó de nuevo sus cosas en los cajones y se dijo que semana más o menos no importaba. Tal vez sería mejor estar allí hasta que se viera la causa de la muerte de su pobre tío Tarn.


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