El hombre siniestro
El hombre siniestro Al cabo de unos minutos, se repuso y volvió al salón. Louise le miró con aire interrogante. Elsa estaba al piano y mister Tupperwill, a su lado, iba volviendo las hojas de la partitura con una amplia sonrisa de beatitud.
—¿Nada grave? —preguntó la mujer, en voz baja.
—No, nada —respondió Hallam, en el mismo tono—. Quería verme por lo de Tarn. —Luego, mirando al banquero, exclamó sonriendo—: ¡Cualquiera diría que está usted enamorado!
El banquero, al terminar Elsa, se deshizo en alabanzas interminables.
—¡Precioso, verdaderamente precioso! ¡Imbuido de serenidad, de paz! ¡Ah, la paz! Ella lo es todo. Mi casa está gobernada por la paz, por el orden. Mi caja fuerte particular se abre con la palabra Pax, de pax-pacis, como ustedes saben… ¿Canta usted, miss Marlowe?
Y la envolvió en una mirada tan admirativa, que los otros tres sonrieron mordiéndose los labios.
—Canto para hacer dormir a la gente nada más —bromeó Elsa.
—¡No diga usted eso, amiga mía! —protestó el banquero, cada vez más entusiasmado.
—Usted posee todos los encantos, y ha de tener asimismo una voz soberbia. Como corresponde a una muchacha tan hermosa.