El hombre siniestro
El hombre siniestro Ralph se puso en guardia, porque el peligro, que él creÃa pasado, volvÃa a presentarse más agudo que nunca. Y dijo, en tono duro:
—Mire, amigo Bickerson, franqueza por franqueza: no me gusta cómo me habla usted. ¡Si cree que yo estaba mezclado con el tráfico de drogas, o que estoy relacionado, directa o indirectamente, con la muerte de mister Tarn, su camino es bien sencillo!
—Tal vez —dijo el detective, en cuyo rostro habÃa leÃdo Hallam que no aceptaba el desafÃo—; pero yo tengo la esperanza de ponerlo todo en claro, tarde o temprano. Desde luego, la receta estará anotada en sus libros también. De todos modos, le ruego me perdone tanta molestia —añadió en tono más amable y sonriendo—. Este crimen me tiene trastornado, créalo. Pero estoy seguro de que dentro de unos dÃas estaré enterado de muchas cosas.
Cogió la botellita, se la guardó, y se despidió del doctor.
Al quedar solo, Hallam se sentó en una de las sillas del vestÃbulo, y se enjugó el sudor que le bañaba la frente. Ahora comprendÃa lo simple que habÃa sido. ¡Nada más sencillo que haber cogido aquella botellita, llevarla a su casa y echarla al fuego! Pero se habÃa olvidado de ella, y ahora era un cuerpo del delito que le acusaba. El detective estaba en lo cierto: la receta estarÃa anotada en sus libros.