El hombre siniestro
El hombre siniestro La casa de mister Tupperwill, en Grosvenor Place, era un modelo de orden y de hogar bien llevado, propio de un banquero. Desde las seis de la mañana, hora en que la cocinera encendía el fuego, hasta las once y media de la noche, cuando el mayordomo cerraba la puerta principal y apagaba la última luz del vestíbulo, todo en la casa se hacía de acuerdo con la lista y el reloj.
A cada hora del día, mister Tupperwill podía, consultando la lista, saber lo que hacía cada uno de sus criados. Los jueves, a las cinco, el banquero mismo ponía en hora todos los relojes de la casa.
Tomaba un desayuno fuerte, e invariablemente a las ocho y media, leía luego el Times y algunos periódicos financieros, y a las nueve y veinticinco minutos bajaba al vestíbulo, se dejaba poner el abrigo por su mayordomo, y luego, precedido por éste, salía a coger el coche, que ya estaba esperando. En la misma puerta, el mayordomo le informaba si el día era bueno, malo, triste o húmedo, opinión que mister Tupperwill aceptaba de modo invariable.
Pero esa mañana, el banquero rompió sus costumbres, llamando al mayordomo antes de terminar su desayuno.
—Wecks —le dijo—; esta noche tengo invitados.
—Está bien, señor —repuso el criado, inclinándose ligeramente.