El hombre siniestro

El hombre siniestro

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—Tengo que pensar que el Banco Stebbing estaba sirviéndole a usted meramente de pantalla para ciertas cosas… y perdóneme si me equivoco. El poco tiempo que ha tenido usted aquí su cuenta me lo hace sospechar.

—La abrí con la intención de tenerla mucho tiempo —dijo Amery—, Pero no quiero ocultarle que lo hice con ciertos propósitos. Es más, y perdóneme usted la franqueza: la abrí con la idea de que se cometiera alguna irregularidad en mi cuenta, y poder de este modo acudir a los Tribunales y tener derecho a que se revisaran los libros de ustedes.

Mister Tupperwill dio un respingo al oír esta cínica confesión:

—Ahora me doy cuenta de que habría sido una diligencia inútil.

—¿De modo que…, usted quería hacer examinar mis libros? —preguntó ahora el banquero despacio, asombradísimo ante la audacia de la intriga—, ¡Jamás he oído nada semejante!

—Me lo figuro —siguió diciendo el mayor, con el mismo cinismo de antes—. Usted ha vivido muy apartado de los negocios, mister Tupperwill, de espaldas al banco. Pero bueno, déjeme que le diga esto: una vez que me di cuenta de lo inútil de mis propósitos, y habiéndome enterado, por medios indirectos, de cosas que quería saber, decidí retirar mi cuenta de aquí. Y ahora dígame, amigo mío: ¿quién es John Stillman?


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