El hombre siniestro
El hombre siniestro Amery tenÃa la rara habilidad de hacer estremecer a la gente. El banquero casi saltó de su asiento al oÃr este nombre. Y exclamó:
—¿Stillman? ¿Cómo? ¡No le entiendo!
—¿Ah, no? Nadie me entiende… quizá porque hablo demasiado claro —dijo Amery—, Me explicaré: usted tiene aquà la cuenta de un tal Stillman… una cuenta mucho más importante que la mÃa, y sobre todo, más peligrosa. El Banco Stebbing habrÃa vivido siempre teniendo mi cuenta; pero la de ese Stillman les va a arruinar, a usted y al banco, de modo irremisible. ¡Ya lo verá!
El banquero le miró un momento con expresión de espanto, y luego dijo en tono rotundo al tiempo que apretaba el timbre:
—¡Me niego!, ¿oye usted bien? ¡Me niego rotundamente a discutir con usted ni con nadie los negocios del banco! ¡Usted se está refiriendo a una señorita… a una señorita encantadora, señor mÃo, a una señorita que, aunque ocupe un puesto muy modesto en sus oficinas de la City, es, sin embargo, digna de todo mi respeto y de toda mi admiración, señor mÃo! ¡Basta ya!
Las últimas palabras las habÃa pronunciado el banquero casi a gritos, ciego de rabia.
Amery le miró con gran asombro. Luego preguntó, casi sin voz: