El hombre siniestro

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32. Un nuevo misterio

Así. John Stillman, el cliente misterioso del Banco Stebbing, ¿era Elsa Marlowe? ¿Era posible esto? ¿La sobrina de mister Tarn? Y ¿estaba enterada la muchacha de esto, siquiera?

Amery pudo decir, al cabo de un instante:

—¿Se refiere usted a miss Marlowe, mi secretaria?

Pero Tupperwill, que estaba ronco de cólera, temblando y muy sofocado, contestó:

—¡Yo no me refiero a nadie! ¡Usted ha querido sorprenderme para averiguar un secreto del banco! ¡No le perdonaré nunca…!

La puerta se había abierto, y el viejo conserje estaba en el umbral.

Tupperwill, de pie como el mayor ahora, exclamó, en tono airado, extendiendo la mano derecha hacia la puerta:

—¡Acompañe usted al señor a la calle, y bajo ninguna circunstancia ni excusa le permita que vuelva a poner los pies aquí!

Amery, que miraba al banquero con ojos llenos de asombro, dijo todavía, sin moverse:

—¡O le han engañado a usted burdamente, mister Tupperwill, o miente usted! ¡Miss Marlowe no tiene en su banco ninguna cuenta, ni a su nombre ni con otro nombre falso!


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