El hombre siniestro
El hombre siniestro —¡Me niego en absoluto a hablar una palabra más! ¡Ahà está la puerta, señor!
El visitante iba a decir algo, pero se contuvo y salió.
El banquero estuvo un cuarto de hora temblando de rabia, y sólo al cabo de ese tiempo pudo llamar para que avisaran al jefe de TenedurÃa.
Cuando apareció el viejo empleado. Tupperwill le ordenó escuetamente:
—¡Tráigame la cuenta de Stillman!
—De eso le iba a hablar a usted —dijo el empleado.
—Pues ya no hace falta que me hable. ¡Tráigame la cuenta, le digo!
Un momento después, el empleado ponÃa ante su jefe un gran libro de caja abierto.
—Disculpe usted mi brusquedad de antes —dijo el banquero, ya más calmado—, pero el mayor Amery me ha irritado mucho.
Empezó a examinar la cuenta, y de pronto puso cara de asombro.
—¿Cómo? —exclamó—. Esta cuenta está bajÃsima. No está agotada, ¿verdad?