El hombre siniestro
El hombre siniestro —No, señor, no —respondió el empleado— pero casi agotada. Han estado especulando con ella de modo colosal. ¡Mire esto! En esta columna. Todo son cheques pagados. Han estado especulando con los petróleos de Angora, y aunque nosotros adquirimos muchas acciones, los valores bajaron en una semana, de cincuenta y siete a trece. Precisamente yo venÃa a hablar con usted para que viera a mister Stillman.
—¿Usted no le ha visto nunca? —preguntó el banquero sin levantar la cabeza.
—No, señor. La cuenta fue abierta por usted mismo, y no recuerdo haber visto nunca al cliente en el banco. Por cierto, a mi me ha parecido siempre que los cheques están firmados con letra de mujer.
—¡Quizá, amigo Thomas, quizá! —dijo el banquero—. Voy a escribir yo mismo a Stillman. Por lo que veo, lleva perdido en medio año más de un cuarto de millón.
Cerró el libro con un golpe, haciendo un gesto al empleado para que se marchara.
Al quedarse solo, el banquero estuvo un rato pensativo. ¡Un cuarto de millón! El dinero, que era para este hombre la máxima razón de la vida, no debÃa exponerse a pérdidas tan enormes. Y se puso a escribir una carta.