El hombre siniestro

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Pero a la mitad, se detuvo, la leyó, y como no le gustó, se levantó y la arrojó al fuego. Ya no pudo trabajar más durante el resto del día.

Hacia las cuatro, llamó de nuevo al jefe de Teneduría y le dijo:

—Estoy muy preocupado, amigo Thomas, por la cuenta esa de mister Stillman. La verdad es que, a menos que yo haya sido burdamente engañado, Stillman es el seudónimo de una señorita que se presentó en el banco hace unos años, diciendo que había heredado una fuerte suma de dinero.

—¿Ah, sí? —preguntó el empleado, al que nada sorprendía—. ¿Una señorita… con título?

—No, no, nada de eso. Al contrario, es una muchacha humilde, que se gana la vida trabajando en una oficina de la City. Al principio creí que la muchacha iba a dedicarse a la carrera comercial y hacía prácticas. No necesito decirle a usted que soy enemigo de la intromisión del sexo débil en estas cosas de los negocios, pero…

—Dígame, mister Tupperwill —le interrumpió el empleado—, ¿qué tengo que hacer si se presentan al cobro más cheques de esa cuenta? Piense usted que a mister o miss Stillman sólo le queda en la cuenta una suma insignificante.

Mister Tupperwill reflexionó un momento, y luego dijo:


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