El hombre siniestro
El hombre siniestro —En modo alguno —respondió el inspector yanqui—. Es libre como el aire. Yo sólo he venido a acompañarle hasta aquÃ, hasta Scotland Yard.
—Entonces ¿es verdad lo que dice? —preguntó aún el jefe en voz baja.
—En efecto, dice la verdad. Nos ganó por la mano, como suele decirse: cuando llegamos a su casa hacÃa cinco minutos que habÃa retirado todas las drogas. Entonces no hubo más remedio que ponerle en libertad, según nuestras leyes.
Bickerson fue el encargado de acompañar a Moropoulos a un pequeño restaurante cercano. El griego se quejó de hambre y de lo penoso del viaje, sobre todo desde Liverpool. Bickerson le dijo, cuando estuvieron en el restaurante:
—Le tenemos buscada una habitación en un hotel de los mejores; y si necesita usted dinero, dÃgamelo. Queremos hacerle grata la estancia en Londres.
El griego dio las gracias y dijo que él, por su parte, procurarÃa informar a la policÃa de cuanto supiera.
—Muchas gracias —dijo a su vez Bickerson, en tono indiferente—; pero no creo que pueda usted facilitarnos más datos de los que poseemos. Nosotros sabemos, por ejemplo, que el doctor Hallam…