El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Ralph, que conocía muy bien a su mujer, la miró con el ceño algo fruncido, y luego, en un momento en que los otros hablaban, delante, le deslizó al oído estar palabras:

—Supongo que no habrás hecho alguna de las tuyas, ¿verdad, Louise? ¡Porque si llevaras tu atrevimiento a robar algo aquí, en casa de mis amigos…!

—¡Qué cosas tienes! —repuso la mujer, en tono ofendido—. ¿Es que iba yo a cometer semejante locura?

El banquero les dejó en el taxi que iba a llevarles y, cuando el coche partía, Ralph preguntó:

—¿Quieren ustedes volver ya a casa, o prefieren que vayamos a Mispah, a quitarnos el mal sabor de boca de esta noche tan fúnebre?

Mispah era el dancing y restaurante nocturno más animado de Londres, si no el más lujoso, y Louise aceptó en seguida, encantada. Elsa parecía vacilar, y Ralph, para convencerla, añadió:

—Nosotros no tenemos que bailar ni mezclarnos con los que lo hacen; subiremos a los palcos y tomaremos allí una cena fría, viendo bailar y la animación.

Entonces Elsa se rindió.

Cuando llegaron. Ralph se adelantó a pedir una mesa arriba, y Elsa contempló desde el palco a una multitud elegante que bailaba abajo.


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