El hombre siniestro

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Ésta se puso a observar a la multitud, que había empezado a bailar de nuevo al son de la orquesta. Miss Marlowe se había ocultado levemente detrás de una de las columnas del palco, y desde allí observaba sobre todo a su amiga Jessie Dame. Ésta no bailaba ahora, sino que se abanicaba con fuerza, muy sofocada y animada. Su pareja la había abandonado momentáneamente, pero la chica parecía contenta y risueña en medio de este mundo que debía de parecerle tan adorable.

De pronto, Elsa Marlowe se estremeció: al volver los ojos al piso en que ella se encontraba, donde estaban las mesitas bordeando el óvalo de los palcos, descubrió algo que le heló la sangre en las venas: en una mesa próxima, dos columnas más allá, vio a un hombre que estaba solo y que la miraba fijamente. Llevaba un impecable traje de noche y, al ver que ella le miraba también, se levantó y se acercó a ella. Aquel hombre era… el mayor Amery.

La saludó muy amablemente, y luego, sentándose en la silla que antes ocupara el doctor, dijo:

—¿Ha visto usted? Está aquí miss Dame. Nunca me la hubiera imaginado en un sitio así.

—¿Y por qué no? —dijo Elsa defendiendo noblemente a su amiga—. Miss Dame trabaja mucho, y es justo que se divierta.


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