El hombre siniestro
El hombre siniestro ¡No había duda posible! Era miss Dame en persona, vestida con gran elegancia, cargada de joyas y bailando entre un público distinguido.
Al principio, Elsa creyó que se había confundido. Luego, cuando la vio bien, ya no lo dudó. ¡Era Jessie Dame!
Cuando acabó la pieza, Elsa se echó un poco hacia atrás para que su amiga no la descubriera.
—¿Qué? —preguntó Ralph, al que no había escapado el incidente, y que observaba el efecto que la fiesta producía en el ánimo de la muchacha—. ¿Es que hay alguien a quien usted conoce?
—Sí, esa chica que bailaba con lord Sterrer. ¿Usted no la conoce?
—¡Oh, de verla aquí alguna vez! Viene a veces con cierto individuo, un hombre de mediana edad. ¡Mire, con ése!
Señaló a un hombre grueso, que ahora llevaba a la muchacha del brazo, calvo y elegante. Elsa no salía de su asombro. ¡Y ella que se había imaginado a miss Dame, si no pobre, en una situación casi humilde! ¡Las joyas que llevaba encima valían una fortuna!
Hallam la invitó a bailar, y cuando ella declinó el honor, invitó a Louise. Ésta aceptó en seguida, encantada, y los dos bajaron a la sala, dejando sola a Elsa.
