El hombre siniestro

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37. Los paquetes misteriosos

De madrugada, Elsa se despertó con una extraña sensación de inquietud. Encendió la luz y se sentó en la cama, poniéndose a reflexionar.

¿Por qué estaba inquieta y nerviosa? ¿Por haber descubierto que Ralph era casado? Rechazó esa idea por absurda. ¿Por haber encontrado a Jessie Dame en el dancing, llena de joyas y con un vestido lujoso? ¡Bah, tampoco! En realidad, ahora sentía una gran curiosidad por visitar la casa de su amiga, que se le acababa de aparecer bajo otra luz; pero…, ¡no, tampoco! ¿Qué era, entonces? ¿El mayor Amery? Quizá era él la causa de su inquietud. Aquella confesión a la vez cínica y triste de sus rarezas, de sus excentricidades, de la clase de vida que llevaba, entregada a un comercio peligroso… Ahora ella sabía que era un hombre cruel, rudo, cínico… y, sin embargo, para ella era un hombre interesante. ¿Era tal vez la soledad en que él vivía lo que le hacía simpático y atractivo a los ojos de la muchacha?

¿No sería, en fin, que se estaba enamorando de su jefe?

El pensamiento la aterró. Luego, rechazando la idea, procuró distraerse. Eran las cuatro.

De pronto, sus ojos descubrieron el famoso maletín. Se levantó de la cama y lo abrió.


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