El hombre siniestro

El hombre siniestro

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—Como usted quiera —repuso la voz de Bickerson, que evidentemente hablaba a un superior—. Yo traigo el mandamiento judicial. Además, la denuncia que nos han hecho esta mañana a primera hora no deja lugar a dudas: las drogas están aquí, en un pequeño armario que hay en un ángulo, y que yo recuerdo haber visto en cierta ocasión. Mire, ése es…

Elsa contuvo el aliento. ¿Qué debía hacer? ¿Debía avisar al mayor? El corazón le latía con violencia.

—No sé por qué no empezamos el registro ahora —oyó que decía Bickerson a su acompañante.

—Esperemos a que él venga —repuso el otro.

Miss Marlowe comprendía que el armario en cuestión era el que estaba en el cuarto que Amery usaba como lavabo y ropero. ¿Estaban allí, acaso, las drogas fatales, las drogas acusadoras?

Elsa se levantó, dirigiéndose de puntillas hasta el pasillo. Los dos detectives habían entrado en el despacho del mayor Amery, cerrando la puerta. Miss Marlowe vio que la llave estaba puesta. Entonces, sin pensar en las consecuencias de su acción, se acercó, echó la llave, y luego, cogiendo un hierro de la chimenea, se acercó al armario famoso y de dos o tres golpes hizo saltar la cerradura.

—¿Quién anda ahí? —oyó gritar a uno de los detectives, al tiempo que empujaban la puerta.


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