El hombre siniestro
El hombre siniestro Elsa no quiso contestar. El armario se había abierto y pudo examinar su interior.
En seguida pudo ver cuatro pequeños paquetes, envueltos en papel oscuro y atados con bramante y lacrados. Cogió uno, con mano temblorosa, y lo examinó. La etiqueta estaba en alemán y en inglés, pero en seguida se dio cuenta de que los paquetes contenían cocaína.
¿Qué debía hacer?
La chimenea estaba apagada. Entonces pensó en el lavabo. Se acercó, dejó correr el agua del grifo y, cogiendo los paquetes, los fue arrojando uno por uno al lavabo. Luego fue a la chimenea, encendió una cerilla y quemó las etiquetas y papeles de los envoltorios.
Y sólo después de haber hecho esto, se decidió a abrir la puerta del despacho de su jefe.
En seguida vio a Bickerson, sofocado, jadeante, que le preguntaba:
—¿Qué hacía usted aquí? ¿Por qué no ha abierto la puerta cuando he llamado?
—Muy sencillo: porque yo no le reconozco a usted derecho alguno para darme órdenes —respondió la muchacha, dominando el temblor de su cuerpo.
La vista del armario roto atrajo la mirada del detective, que añadió, en tono cada vez más airado: