El hombre siniestro
El hombre siniestro —Es muy extraño, porque la City no está bajo la jurisdicción de Scotland Yard.
—El permiso de la City lo tiene abajo otro detective. ¡Voy a llamarle!
Ordenó que le hicieran subir y mientras tanto alargó un papel al mayor, que lo leyó y dijo:
—¡Esto es una autorización para registrar mi casa de Brook Street, pero no mis oficinas!
—Ahora subirá mi compañero, amigo mío.
Pronto subió el otro detective, mostró, en efecto, el permiso de la City y prosiguió el registro. Amery abrió el cajón de su mesa, pero no se encontró nada dentro.
Bickerson, furioso, dijo casi a gritos:
—¡No, ahora ya no hay nada; pero había! ¡Precisamente en ese armario, de dónde lo ha quitado miss Marlowe! ¡Ya verá usted lo que le ocurre!
Los ojos del mayor se habían fijado en el armario al entrar, antes que nada. Y en cuanto los detectives marcharon, miró fijamente a Elsa y le dijo a media voz:
—Usted ha hecho esto, ¿verdad? ¿Qué ha encontrado ahí?
—¡Por Dios, mayor Amery! —respondió la muchacha—. ¿Por qué me lo pregunta? Usted lo sabe. Cuatro paquetes de cocaína. Un polvo blanco, brillante…
Él asintió, respondiendo:
—Sí, era cocaína. ¿Y los ha tirado al lavabo?