El hombre siniestro
El hombre siniestro —SÃ.
—¡Oh, muchas gracias, miss Marlowe! ¿Era cocaÃna alemana?
—¡Y claro que era alemana! Usted lo sabe perfectamente, mejor que yo.
—Se equivoca —dijo el mayor Amery ahora, colmando todos los asombros de la muchacha—. Yo he sido el primer sorprendido al enterarme de que aquà habÃa cocaÃna.
Luego, el mayor se acercó a su mesa y, tocando un resorte secreto, hizo que la tabla de encima se corriera un poco. Apareció entonces ante la vista de los dos una especie de cavidad secreta donde habÃa un paquete de cartas y unos papeles. El mayor se lo guardó todo en un bolsillo, hizo volver la mesa a su posición normal y luego preguntó:
—¿Ha dicho mister Bickerson cómo habÃa averiguado que aquà habÃa drogas?
—No, sólo ha mencionado que lo habÃa sabido esta mañana, a primera hora.
—¡Ya! Lo que no acabo de comprender es cómo diablos ha podido poner aquà la cocaÃna nuestro amigo.
—¿Nuestro amigo? —preguntó Elsa—. ¿Qué amigo?
—SÃ, un tal Stillman, que sabe Dios cómo habrá logrado entrar aquà y poner la cocaÃna en ese armario.