El hombre siniestro
El hombre siniestro Elsa le miró muy asombrada y exclamó:
—¡Pero usted es Soyoka! Yo lo sé. ¡Usted mismo casi me lo ha dicho!
El mayor se echó a reír, y en vez de contestar le rogó que le contara todo lo ocurrido. Entonces, Elsa le hizo un breve resumen de lo sucedido.
Él la miró fijamente, sonrió y dijo:
—Ha sido usted muy amable, miss Marlowe. ¡Ha hecho una cosa muy hermosa! —Y con una de aquellas transiciones tan frecuentes en él, añadió, ya serio—: Dígale usted a Feng Ho que venga.
Elsa salió y avisó al chino. Luego se puso a trabajar. Pero se sentía nerviosa y contrariada, y se alegró de que llegara miss Dame.
Ésta venía con su atuendo de costumbre, con sus grandes gafas y su bonito sombrero. Entró hablando por los codos, como solía hacer, y Elsa, mirándola, se preguntaba si era verdad que esta misma muchacha era la que había visto la noche anterior en el dancing tan elegante y cubierta de joyas.
Esperó a que su amiga hiciera una pausa, y entonces le preguntó:
—Dígame, miss Dame: ¿es usted socia del Club Mispah? ¡No lo sabía!
Estas palabras parecieron alarmar mucho a la otra chica, que, muy turbada, respondió:
