El hombre siniestro

El hombre siniestro

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—¿Cómo? ¿Es que me vio usted?

—Sí, amiga mía, la vi anoche, muy elegante, reluciente como un ídolo oriental. ¡Estaba usted magnífica!

—¡Oh, gracias! —repuso Jessie, muy sofocada y turbada aún—; claro está que no hay motivo para que una no pueda divertirse. En realidad, es papá el que es socio de ese club y algunas veces me lleva con él.

—También la vio a usted el mayor Amery, miss Dame —añadió Elsa, mordiéndose los labios.

Esta noticia pareció llevar al colmo la alarma y la turbación de la otra, que dijo, al cabo de un momento:

—¿De veras? ¡Oh! Bueno, tampoco es un crimen. En realidad, yo estaba allí con papá. ¿Vio a papá el mayor?

—Sí, miss Dame.

—¡Ah, me alegro! De no ser así habría podido pensar sabe Dios qué de mí…, que yo era una de esas mujeres que vuelven locos y pierden a los hombres.

—¡Una mujer fatal! —interrumpió Elsa, mordiéndose de nuevo los labios para no estallar en carcajadas.

Pero Jessie no percibió la broma y repuso, muy seria, con los ojos muy abiertos detrás de sus enormes gafas.


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