El hombre siniestro

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—¡Eso es, una mujer fatal! Y no es así, miss Marlowe, no es así. Papá tiene una buena posición, comercia en joyas. Tiene la manía de coleccionar. Por eso yo me pude comprar aquel vestido y llevaba las joyas. Estaba bien, ¿verdad?

—Estaba usted preciosa.

Las dos se pusieron a trabajar, y al cabo de poco rato, el mayor Amery vino para hacer unas advertencias a Elsa sobre el correo de Oriente.

Normalmente, Amery no tenía que corregir las cartas que le dictaba a miss Marlowe, porque ésta era una excelente taquígrafa. Pero aquel día había en el correo de Oriente una carta, dirigida a un comerciante chino de Shanghai, que Amery le hizo rehacer tres veces. Esta carta no hablaba de fletes y mercancías, sino de un individuo al que se designaba con las iniciales F. O. I., al que preocupaba mucho la actividad de un tal «mister Stillman», «aunque —se añadía en la carta— he podido localizar y descubrir a este señor y espero que muy pronto podré también contrarrestar todos sus asuntos y actividades en nuestro favor».

Éste era, por lo visto, el tema capital de la carta, porque el mayor Amery insistió mucho en él.

Terminada, al fin, la famosa carta a gusto del mayor, éste la firmó, ordenó a Elsa que la pusiera con el resto del correo de Oriente, y luego le preguntó, de pronto:


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