El hombre siniestro

El hombre siniestro

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—¿Adónde va usted esta noche, miss Marlowe?

—¿Esta noche? A ninguna parte. Esta noche dan Fausto por la radio y quiero oírlo. La ópera me encanta.

—¡Ah! ¿Fausto? ¡Qué extraño! Bueno, miss Marlowe, no olvide lo que le dije acerca de la maletita aquella que había pertenecido a su tío, mister Tarn, ¿se acuerda?

Y. sin esperar respuesta, salió del despacho.

Elsa quedó confusa, pues su jefe le parecía cada vez más extraño y misterioso.

Poco después, al sonar la una, miss Marlowe pensó volver a casa de mistress Hallam, porque se le había roto una media. No habría nadie en la casa, porque Louise le había dicho que ese día almorzaba fuera.

Elsa llegó a la casa. Mistress Hallam le había dado una llave. Abrió y entró, dirigiéndose a su habitación. Pero al empujar la puerta de ésta, la muchacha no pudo reprimir un leve grito de sobresalto y de sorpresa: el doctor Hallam, en mangas de camisa, estaba en el centro de la estancia, arrodillado junto al maletín famoso, con un destornillador en la mano, con el que acababa de desprender la cuarta bandeja.


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