El hombre siniestro
El hombre siniestro —¿Usted también se ha dejado engañar, amigo mÃo? ¡Bien! ¡Escuche con atención lo que voy a decirle! Usted está haciendo cosas en la empresa que yo no puedo aprobar en modo alguno, y le advierto que si no deja de hacerlas, estoy dispuesto incluso a matarle. ¿Lo oye? ¿Me oye bien? Usted me conoce…, mejor dicho, adivina quién soy pero le digo que usted está en mi camino, amigo Tarn, y para mà no existen obstáculos, ¿comprende? Mire, se lo voy a explicar a usted todo: existen en Londres dos poderosas bandas a cuya sombra se han hecho y se hacen fortunas enormes; esas bandas trafican con drogas. Quizá haya leÃdo usted algo sobre esto en la prensa de esta mañana. Son dos bandas, como le digo; pues bien, aquà no hay sitio más que para una de ellas. ¿Lo comprende usted?
Maurice Tarn se quedó lÃvido. Por suerte, el otro estaba ahora mirando a través de una de las ventanas el enorme tráfico de Wood Street.
—No —siguió diciendo Amery al cabo de un momento—; no hay sitio para los dos; escasamente para uno. La segunda banda tiene que marcharse, mientras tenga tiempo. Hay muchos peligros. La gente de Soyoka no admite competencia de nadie. Se lo digo amistosamente.
Hizo una leva pausa, luego miró a Tarn, que parecÃa en realidad un muerto, y preguntó:
—Por supuesto, la muchacha no sabe nada, ¿verdad?