El hombre siniestro
El hombre siniestro —¡No! —respondió Tarn, en tono de derrota—. AsÃ… ¿usted es Soyoka? Dios mÃo… ¡Quién iba a sospechar…! Yo sabÃa que la gente de Soyoka trabajaba desde la India y Oriente, pero nunca sospeché que…
Amery no contestó, despidiéndole con un gesto.
Elsa le vio atravesar el despacho, vacilante, pálido, como un hombre que va herido de muerte.
Al quedar solo, Amery se sentó ante su mesa de trabajo y miró el retrato de uno de sus abuelos, el fundador de la empresa, que aparecÃa con el rostro enmarcado por la peluca qué en aquellos tiempos llevaban los hombres, y una casaca bordada. Luego, haciendo una leve inclinación, murmuró:
—¡Ilustre abuelo…! ¡La terrible Casa Amery te saluda!