El hombre siniestro

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4. Un doctor misterioso

En la empresa Amery era costumbre inmemorial conceder a los empleados una hora y veinte minutos para ir a almorzar, y Elsa se alegró ese día mucho de ello, porque había pensado ir a consultar con el único hombre en el mundo que podía ayudarla a resolver sus problemas.

Al salir del despacho, a la una en punto, tomó un taxi y se hizo llevar a Cheapside apeándose en la calle de la Media Luna. Llamó a una puerta, y apareció un hombre de unos treinta años, de aspecto simpático, que exclamó con gran asombro:

—¡Qué grata sorpresa! ¡Miss Marlowe! Pero ¿qué ocurre en Amery para que la dejen a usted venir?

Pasaron a un pequeño comedor y sólo allí se decidió a hablar la muchacha.

—¡Siga usted comiendo, amigo mío! Yo no quiero nada, gracias. Sólo quiero hablarle…

El joven. Ralph Hallam ordenó a su criado que trajera algo para miss Marlowe, y luego dijo:

—¡Bien, amiga mía! ¡Cuénteme! La escucho. Le advierto que yo he almorzado ya.

Elsa conocía a Ralph Hallam desde muy niña, pues el joven frecuentaba la casa de Maurice y habían crecido juntos. Estudió medicina pero él mismo confesaba que no había practicado desde que salió del hospital. Por suerte, disfrutaba de una buena renta que le había dejado su madre.


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