El hombre siniestro
El hombre siniestro Rubio, con ojos claros y francos, y el rostro siempre afeitado, este hombre de casi treinta años, eternamente alegre, parecÃa más bien un muchacho.
—Supongo que no está usted enferma, ¿verdad? —empezó preguntando. Y cuando ella sonrió, negando con la cabeza, añadió—: ¡Gracias a Dios! ¡Hubiera tenido que ir a buscar a un médico!
La muchacha, cuando él le hubo cogido amablemente los guantes y el bolso, dijo de pronto:
—Usted sabe muy bien. Ralph, que mister Tarn no es mi tÃo ¿verdad?
—¿Eh…? ¡Ah, bueno, sÃ! Creo que es primo de usted… o algo asÃ. Bueno, ¿qué le pasa al diablo de viejo?
—Ralph, ¡quiere casarse conmigo! —contestó la muchacha con aire trágico.
El vaso que Ralph sostenÃa se escapó de su mano y fue a hacerse añicos en el suelo.
—¿Qué dice usted? —preguntó, poniéndose lÃvido—, ¿Es posible? ¡No, no he oÃdo bien! ¡Repita usted eso!
—¡Asà como lo oye! ¿Verdad que es odioso. Ralph? Yo estoy aterrorizada, indignada. A Maurice debe de ocurrirle algo extraño desde hace una semana. Se ha peleado con mister Amery.