El hombre siniestro

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—Pues si es así, ¿por qué no acaba de destornillar la bandejita? Yo no me emociono ya tan fácilmente. ¿Quiere o no?

—No, amiga mía. Le juro que se llevaría usted un disgusto, y no quiero que eso suceda.

Dicho esto, el doctor volvió a meter las bandejitas en la maleta, cerró ésta y la puso en el rincón, donde estaba antes. Pero Elsa observó que no dejaba el destornillador.

—Ha vuelto usted muy pronto —añadió luego, queriendo dar a sus palabras un tono ligero, para disimular su turbación—; ya me han dicho que se había ido muy temprano. ¿Sabe a quién he visto? A Tupperwill, el banquero, ya sabe. Me ha preguntado por usted. Le advierto que le tiene usted muy enamorado. ¡No me extrañaría que nos volviera a invitar a otra fiesta!

—Bien. Ralph, ¿quiere dejarme sola? —dijo la muchacha, casi echándole de la habitación.

Cuando bajó al comedor, después de cambiarse, Elsa se encontró con Hallam, que se estaba poniendo los guantes.

—¿Ha almorzado usted ya? —preguntó el médico.

—Sí —mintió Elsa.


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