El hombre siniestro

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—Bueno —siguió diciendo entonces el doctor, siempre en tono de broma y tratando de quitar importancia al incidente—, supongo que no pensará usted que yo pensaba robarle nada, ¿eh? Y si quiere un consejo, no abra la maleta hasta que yo esté delante.

Y se marchó.

Elsa buscó entonces un destornillador, pero, por lo visto, no lo había en la casa. Entonces se decidió a salir, aplazando para otro momento la apertura de la famosa maletita.

Pero Ralph no se había ido. Estaba ante la puerta y pareció contener el aliento al ver que la muchacha salía de pronto.

Elsa se acercó a él y le dijo:

—Usted tiene una llave, ¿verdad?

—Si —respondió el doctor.

—Pues va usted a dármela.

Al principio, él se negó, pero al fin se la entregó, exclamando:

—¡Tenga usted, tenga! Si lo dice usted en serio… ¡No faltaba más!

Miss Marlowe se la guardó en el bolsillo y, cogiendo un taxi se hizo llevar a un restaurante, donde almorzó. Volvió temprano a la oficina, y apenas acababa de entrar cuando sonó el teléfono y Elsa se acercó al aparato y cogió el auricular.


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