El hombre siniestro

El hombre siniestro

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—¿Está miss Marlowe? —Oyó que preguntaba una voz conocida.

—Miss Marlowe está al aparato, señor —respondió Elsa.

—Ah, ¿es usted? Mucho gusto. Oiga: ¿está el mayor Amery ahí? Soy mister Tupperwill.

—Ah, ¿es usted, mister Tupperwill? ¿Qué deseaba?

—Quería saber… ¿Está ahí el mayor?

—No, mister Tupperwill. No está.

—En ese caso…, ¡escuche! ¿No podría yo verla? Se trata de un asunto muy importante, y tengo particular interés en que el mayor Amery no sepa que la he llamado a usted.

—¡Oh, podría verle cuando salga…, o pedir permiso!

—¿Tiene que pedir permiso por fuerza? Porque se trata, como le digo, de un asunto muy urgente e importante. ¡Necesito verla sin falta «antes de media hora»!

—Bien, en ese caso, espéreme. Voy para allá.

Amery la autorizaba a salir del despacho siempre que quería sin consultarle; pero esta vez la muchacha, después de reflexionar unos momentos, decidió pedirle permiso a su jefe.

Se dirigió, pues, al despacho del mayor, y le dijo:


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