El hombre siniestro
El hombre siniestro —Mister Amery, tengo que salir por media hora del despacho.
—¿Adónde va usted? —preguntó el mayor.
—A ver a un señor… A mister Tupperwill.
—¡Ah!
—SÃ, señor. Él no quiere que usted sepa que me ha llamado, ¿comprende? Puedo irme, ¿verdad?
—Desde luego. Me alegro de que me lo haya dicho. Y si Tupperwill le pregunta si yo sé dónde ha ido, ¿se lo dirá?
—¡Claro! ¿Por qué no?
—No, por nada. Puede usted irse.
Miss Marlowe salió de la oficina, pensando, como hacia con frecuencia, que su jefe era un hombre muy extraño.