El hombre siniestro
El hombre siniestro —Todo, papá. Estas hojas las he tenido que sacar de la papelera. No parece, papá, que el mayor sospeche de mÃ. Ya no me da las cartas para que las pase a máquina, como antes, y esta tarde, cuando he enviado a uno de los chicos del despacho a recoger el correo, me ha dicho que el mayor le habÃa contestado que en adelante se encargará de hacerlo él mismo. ¿Qué opinas?
El padre examinó los papeles que acababa de desarrugar y exclamó:
—¡Esto es todo la misma carta!
—Eso me ha parecido, papá, pero no he podido traerte nada más hoy. Yo sufro mucho con esto. Pensar que estoy espiando y engañando a mi jefe… ¡Si llegara a enterarse miss Marlowe!
—¡Déjate de pensar tonterÃas! —rechazó su padre, colérico.
Luego se puso a leer las copias de las cartas y murmuró:
—¿Qué es esto? «F. O. I.». ¿Qué diablos es esto? ¡Bueno, dejémoslo! Sube a tu habitación. Jessie, y vÃstete, que te llevaré a cenar a cualquier parte. Nos marcharemos a las siete.
—No, papá. Esta noche no salgo.
—¿Cómo que no? Yo te lo ordeno, y basta. ¡A vestirte!
Jessie bajó la cabeza y salió de la habitación, encogida como un conejillo asustado.