El hombre siniestro

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43. Las angustias del banquero

Después de marcharse Elsa, el mayor Amery se encerró en su despacho y se puso a escribir una larga carta.

Llevaba ya escritas varias hojas, cuando llamaron a la puerta y apareció el vigilante de las oficinas, que le dijo:

—Siento molestarle, mister Amery, pero hay un señor que quiere verle. Dice que se llama mister Tupperwill.

—¡Ah, muy bien! Hágale entrar.

Metió las hojas escritas en uno de los cajones, y compuso su aspecto para recibir al banquero.

Éste entró, encogido y nervioso y empezó a pedir disculpas desde el primer instante.

—Le extrañará mi visita aquí y a estas horas, mayor Amery, pero la verdad es que…

—Le esperaba a usted —le cortó el mayor—. ¿No se sienta?

—Gracias. La verdad es que me encuentro muy confuso y he acabado por decirme que quizá usted, que es hombre de mundo, quiera aconsejarme e ilustrarme con su experiencia. Mayor Amery: me veo rodeado de enemigos. Y si mis palabras le parecen demasiado melodramáticas, piense que está en juego no sólo el honor de mi nombre, sino el del propio banco.

Hizo una pausa, tragó saliva y continuó:


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