El hombre siniestro
El hombre siniestro —¡Nada! Algunas direcciones, ciertos datos y documentos, el secreto de la combinación de mi caja fuerte del despacho, en mi banco y, sobre todo, esos recibos que le digo referentes a mis depósitos en el Banco de Inglaterra… con alguna otra cosilla.
—Pero, si sospecha que su chófer le ha robado ese librito, ¿por qué no avisa a la policÃa, mister Tupperwill?
—¡Oh, mayor Amery! Me acaba usted de decir que mi banco no merece gran confianza. Yo estoy al borde de la ruina; hay secretos y cosas en el Banco Stebbing que no deben ser conocidos. ¿Cómo voy a llamar a la policÃa, amigo mÃo? Y ahora le diré que varios de los más importantes secretos de mi banco estaban en ese librito que me han robado.
Se levantó, suspirando y añadió:
—¡Temo haberle molestado a usted mucho, mayor Amery! Pero hágase cargo de que me encuentro ante un gran dilema. Su consejo, su ayuda, su cooperación, pueden suponer mucho para mÃ… y quizá también para usted.
Tupperwill se marchó, con la cabeza baja, y sumido en tristes pensamientos.
Amery oyó que se alejaba; luego, encendió un cigarrillo y se quedó pensativo. Pero nadie habrÃa podido imaginar que estaba pensando en Elsa Marlowe.