El hombre siniestro
El hombre siniestro —Dame un revólver.
El chino obedeció, y mientras su amo se guardaba el arma, comentó, sonriendo:
—No hay como las armas blancas. Un arma blanca se maneja mejor, es silenciosa, fácil, obediente. ¿Quiere usted cenar?
El mayor asintió con aire distraído, y luego, mientras cenaba, acabó de dar instrucciones al chino:
—Tú te ocuparás de que me espere un coche en la callejuela que sale del mercado de Covent Garden. Mézclate entre la multitud que hay siempre a la puerta de la Opera.
Acabada la cena, el mayor se puso en contacto con Scotland Yard, llamando al superintendente Wille.
Cuando estuvo al habla con él, Amery le dijo:
—Oiga, amigo Wille: tengo que hacer una importante declaración a la policía, y quisiera que viniera a mi casa el detective inspector Bickerson, esta noche, a las once.
—¿De qué se trata? Del asunto de la droga, ¿verdad?
—Prefiero hablar con Bickerson.
—Bien, bien. Le diré que vaya a su casa a esa hora.