El hombre siniestro

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45. El socorro

Al fondo de su palco proscenio de platea, el mayor Amery escuchaba distraído la ópera. De vez en cuando, sacaba de su cajita el micrófono y lo aplicaba al tabique de madera. Pero en el palco contiguo no había nadie. Sólo cuando ya empezaba el cuarto acto oyó, sin necesidad del auricular, que alguien entraba allí, y casi en seguida escuchó este diálogo:

—Ése es el punto difícil; pero ya será mucho si conseguimos que la muchacha no se mezcle en el asunto y nos estorbe.

—Sí; así podemos matar dos pájaros de un tiro —comentó otra voz—. El dinero está en la maleta esa de las bandejas, ¿verdad? Mister Tarn lo sacó de las oficinas de la Stanford Corporation la noche antes de su muerte y se lo llevó a su casa. Es dinero americano, fácil de cambiar. Pero hay que pensar en la muchacha. Yo he calculado que lo mejor será actuar a las once. Yo estaré preparado a las once menos cinco. Me gusta ser siempre muy puntual en mis cosas.

En ese instante, el mayor hizo un leve movimiento y el micrófono se desconectó. Como es lógico, dejó de oír las voces del palco el primer momento. Lo que más le angustiaba era que él las había reconocido desde el primer momento, y se puso a arreglar el micrófono con dedos febriles.

Cuando lo hubo reparado, volvió a ponerlo sobre el tabique de madera. Pero ya no oyó nada.


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