El hombre siniestro
El hombre siniestro Entonces, conteniendo su angustia y su ansiedad, salió de su palco, apartó la cortina del palco de al lado y vio que no había nadie. ¡Los misteriosos ocupantes se habían marchado!
Amery consultó su reloj.
¡Las once menos diez! ¡Los gangsters iban a actuar en seguida!
Entonces, tuvo una idea audaz y luminosa. Saltó por encima de la barandilla de su palco de platea y llegó al escenario, corrió a través de él, sin preocuparse por el tumulto que se había producido en la sala ni por la pobre Margarita (ésta, creyendo que se trataba de un loco, escapó por entre palcos), buscó y encontró en seguida el micrófono por el que retransmitían la ópera, y gritó su advertencia a Elsa…
El teatro entero se había puesto en pie, y mil voces gritaban furiosas:
—¡Fuera!
—¡Fuera ese…!
—¡Que lo echen!
—¡Qué llamen a la policía!
—¡Es un loco!
Un grupo de gente rodeó al mayor, que se vio empujado hacia los bastidores. El empresario, temblando de ira, llegó y gritó:
—¡Sí, que venga un policía! ¡Está borracho!